¿Recatada yo? ¿Y eso qué es?
- Nuria S.

- hace 1 hora
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La semana pasada alguien me soltó lo de "qué recatada eras tú antes" y me quedé un rato mirando al infinito, porque no supe si me estaban haciendo un cumplido o firmando mi esquela social.
Así que fui a buscar la palabra en el diccionario, por si en los últimos 50 años había cambiado la definición. Y ahí empezó el lío.
Lo que significaba ser "recatada"
Durante siglos, ser una mujer recatada no era un rasgo de personalidad. Era una obligación con nota de examen.
Recatada era la que bajaba la mirada cuando un hombre le hablaba. La que no reía fuerte, no ocupaba espacio, no llevaba la contraria, no iba sola a ningún sitio que mereciera la pena. La que esperaba. Esperaba turno, esperaba que la eligieran, esperaba a que se le pasara la vida por al lado con la boca cerrada y las piernas juntas, con perdón.
El recato no protegía a la mujer. Protegía el honor de la familia, que en aquella época eran cosas muy distintas aunque las vendieran juntas en el mismo paquete. Si una mujer se reía demasiado alto en la plaza, no es que estuviera "faltando al respeto": es que estaba poniendo en duda el apellido de su padre, y más tarde, el de su marido. La honra de la casa colgaba literalmente del comportamiento de sus mujeres. Una mirada de más, un comentario ingenioso, un baile demasiado animado, y ya estabas dando que hablar en la carnicería.
Nuestras abuelas crecieron con eso metido en el cuerpo como quien lleva una faja invisible. Y muchas de nuestras madres, también, aunque ya empezaran a aflojar algún corchete. La mía cuando cruzó los 60. Y recuerdo que mi abuela (molinera) me echaba broncas cuando se me veía la tiranta del sujetador.
Lo curioso (y lo oscuro) del asunto
Lo gracioso — si es que a esto se le puede llamar gracioso — es que el recato nunca se les exigió a ellos. Un hombre podía reírse a carcajadas en la taberna, llegar tarde, opinar de todo sin que se le pusiera en duda, y salir de casa las veces que le diera la gana. A nadie se le ocurría decir de un hombre que "no era recatado". Directamente no existía la palabra para él.
Así que el recato, más que una virtud, era una correa. Muy bien decorada, eso sí. Con puntilla, con misa de doce y con la sonrisa de "así se hacen las cosas". Pero correa al fin y al cabo.
Y entonces llegamos nosotras
Aquí está lo bueno del asunto: las que hoy tenemos cincuenta, sesenta o más, somos la generación bisagra. Crecimos escuchando "eso no se hace" y ahora nos preguntamos, con toda la calma del mundo: ¿por qué no?
Hoy conozco mujeres que se apuntan solas a un catamarán sin pedirle permiso a nadie. Que se ríen tan fuerte que las oyen desde la mesa de al lado y les da absolutamente igual. Que bailan aunque no las saquen. Que dicen que no a un café con alguien que no les interesa sin sentirse mal por ello, y dicen que sí a un plan a las diez de la noche de un martes sin dar explicaciones a nadie.
No es que hayamos perdido el recato. Es que hemos entendido que nunca fue nuestro. Era prestado, y con intereses altísimos.
Lo que hacemos con esa libertad
En el club nos encontramos con esto constantemente: mujeres — y también hombres, que también arrastraban su propia versión del corsé — que llevan una vida entera portándose "como se debe" y que un día deciden que ya está bien, que les toca a ellas.
No hace falta gritarlo ni hacer una proclama. A veces es tan sencillo como apuntarse a una quedada sin conocer a nadie. Subir sola a un barco. Bailar sin que te saquen. Reírte de una broma verde delante de gente que acabas de conocer y descubrir que nadie se escandaliza, porque resulta que todos veníamos huyendo de lo mismo.
Eso, para mí, es la verdadera revolución de los cincuenta para arriba: no hacer nada espectacular, solo dejar de pedir permiso.
Así que la próxima vez que alguien te diga que eras muy recatada, puedes sonreír y contestarle: "era", en pasado. Bien conjugado y todo.
Espero que te vengas 💛
— Nuria




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